Perspectiva contemporánea de la fachada principal del Empire State Building en el entorno urbano de Manhattan.

El Empire State Building cumple 95 años: el hito que transformó la ingeniería civil en altura

La inauguración del Empire State Building en la década de 1930 supuso una revolución en la ingeniería civil. Su ejecución introdujo los principios de la producción manufacturera en la edificación en altura, redefiniendo la gestión logística, la optimización de plazos y la planificación de las estructuras urbanas contemporáneas.

El pasado 1 de mayo de 2026, el Empire State Building cumplió 95 años desde su inauguración oficial. El activo mantiene su registro de ocupación y volumen de visitas anuales que, de acuerdo con los datos de sus empresas gestoras, lo sitúan como la atracción turística con mayor afluencia de Nueva York por cuarto año consecutivo. El aniversario invita a analizar una ejecución constructiva que supuso un hito para la edificación desde la perspectiva técnica actual.

Todo empezó como una competición de promoción inmobiliaria. A finales de los años veinte, John Jakob Raskob, alto directivo de General Motors, y Walter Chrysler, de la corporación automovilística homónima, iniciaron una carrera comercial por levantar el edificio más alto de Nueva York. Con el proyecto de Chrysler ya en marcha, Raskob reunió a un grupo de inversores, encargó el diseño al estudio de arquitectura Shreve, Lamb & Harmon y adquirió el emplazamiento del antiguo Hotel Waldorf-Astoria, en la Quinta Avenida con la calle 34, en el Midtown Manhattan.

Un proyecto diseñado en dos semanas y levantado en trece meses

William F. Lamb, el arquitecto principal del estudio, realizó los planos de distribución en dos semanas. Las instrucciones del promotor fijaban un presupuesto cerrado, un máximo de 28 pies (8,53 metros) entre ventana y pasillo, la mayor cantidad de plantas posible y una fecha de entrega inamovible: el 1 de mayo de 1931. El plazo total sumaba un año y seis meses desde los primeros bocetos. La excavación comenzó el 22 de enero de 1930 y la construcción de la estructura arrancó el 17 de marzo de ese mismo año.

Más de 3.400 trabajadores diarios participaron en las obras, logrando levantar hasta cuatro plantas y media por semana en los periodos de mayor actividad. La estructura principal quedó completada en septiembre de 1930, 23 semanas después del inicio de los trabajos. El edificio abrió sus puertas tras 410 días de ejecución. El coste total ascendió a 40,9 millones de dólares, situándose por debajo del presupuesto inicial estimado en 50 millones. Para alcanzar esa velocidad de ejecución, Lamb aplicó a la construcción en altura los principios de la cadena de montaje de la industria manufacturera, coordinando el suministro logístico de materiales para su instalación inmediata.

Art Déco, retranqueos y la silueta de un lápiz

El diseño del edificio responde a la normativa urbana de su época. La regulación de zonificación de Nueva York de 1916, aprobada para garantizar la entrada de luz natural a la vía pública, obligaba a las estructuras en altura a retranquearse progresivamente a medida que crecían. El estudio diseñó la torre con un perfil escalonado que reduce su sección gradualmente desde la base hasta la aguja. El resultado constructivo se adscribe al estilo Art Déco, caracterizado por líneas verticales que enfatizan la altura, ornamentación geométrica en la fachada, revestimiento de piedra caliza de Indiana y granito, y un total de 6.514 ventanas.

Para la ejecución de la obra se emplearon 57.000 toneladas de acero estructural, 10 millones de ladrillos, 210 columnas de cimentación ancladas en la roca de granito de Manhattan y cerca de 1.900 kilómetros de cable de ascensor. El edificio consta de 102 plantas y alcanza los 381 metros de altura hasta la cubierta, llegando a los 443 metros si se contabiliza la antena. En el momento de su inauguración era el inmueble más alto del mundo, registro que mantuvo durante cuarenta años hasta la finalización de la torre norte del World Trade Center en 1971.

Un símbolo que tardó en rentabilizarse

La apertura del 1 de mayo de 1931 coincidió con los efectos económicos de la Gran Depresión, lo que provocó que gran parte del espacio destinado a oficinas permaneciera sin arrendar durante sus primeros años de actividad, recibiendo críticas en los medios de comunicación de la época por su baja ocupación inicial.

La dirección del inmueble encontró en el observatorio de la planta 86 una vía de ingresos complementaria mediante el cobro de diez centavos por el acceso a los telescopios de la ciudad. Durante los primeros seis meses, este espacio recaudó más de 3.000 dólares. Esta vía de negocio comercial permitió el mantenimiento operativo del edificio hasta la estabilización de los indicadores económicos del país.

Con el tiempo, el Empire State se integró en la cultura popular y cinematográfica, apareciendo en más de 250 producciones audiovisuales. Asimismo, el Instituto Americano de Arquitectos lo incluyó en la primera posición de su listado de edificaciones de referencia en Estados Unidos.

Noventa y seis años después, sigue evolucionando

En 2009 se ejecutó una inversión de 65 millones de dólares inyectados en actuaciones de eficiencia energética que permitieron al inmueble obtener la certificación LEED Gold (Leadership in Energy and Environmental Design), un reconocimiento técnico enfocado en la sostenibilidad para edificios históricos. Los trabajos incluyeron la restauración del vestíbulo Art Déco y la actualización técnica de los observatorios de las plantas 86 y 102.

Para conmemorar el 95 aniversario, la empresa propietaria Empire State Realty Trust desarrolla a lo largo de 2026 un programa de actividades y encuentros en sus instalaciones. Estas acciones comerciales confirman la vigencia de una infraestructura que destaca en la historia de la edificación como un ejemplo de optimización de plazos, gestión presupuestaria y desarrollo de ingeniería estructural.

Fotos: Empire State Building Realty Trust

Fuente: Empire State Building, ArchDaily, ArchEyes, Revista Minerva, E-zigurat, Punto Convergente (UCA), Report News México

Related Post

De aerogeneradores a puentes: la segunda vida de las palas eólicas 

La energía eólica es una de las grandes protagonistas de la transición energética, pero también plantea retos. Uno de ellos es el hecho de qué hacer con las palas de los aerogeneradores cuando su vida útil llega a su fin. 

Debido a las condiciones extremas que deben soportar durante décadas, las palas de un aerogenerador están fabricadas con materiales compuestos de fibra de vidrio o carbono, a diferencia de otros componentes de un molino de viento, como el acero de la torre o los metales del generador. Esto las hace extremadamente resistentes, pero también difíciles de reciclar, lo que complica su reutilización una vez desmontadas. 

Vida útil de los aerogeneradores 

La mayoría de las palas de aerogenerador tienen una vida útil de entre 20 y 25 años, por lo que muchos de los parques eólicos instalados a comienzos de siglo están empezando a ser renovados. Esto significa que miles de palas están siendo retiradas en todo el mundo. 

Así, se estima que para 2030 Europa podría generar entre 40.000 y 60.000 toneladas de residuos procedentes de palas eólicas, lo que ha impulsado la búsqueda de soluciones alternativas a su depósito en vertederos. 

Una segunda vida: su reutilidad en construcción

Las palas de aerogenerador están diseñadas para ser extremadamente ligeras y, al mismo tiempo, muy resistentes. Estas características han llevado a investigadores e ingenieros a plantear una idea sencilla pero ingeniosa: reutilizar las palas como elementos estructurales en infraestructuras que precisen de las mismas necesidades, como puentes y pasarelas. Dos palas pueden colocarse en paralelo para crear la estructura principal de una pasarela, sobre la que se instala posteriormente el tablero, aprovechando así la forma aerodinámica y la resistencia de las piezas originales. 

Existen ya varios proyectos piloto con esta filosofía, siendo uno de los más conocidos BladeBridges, impulsado por investigadores de la Universidad Queen’s de Belfast dentro de la red internacional de investigación Re-Wind. Las pruebas realizadas han demostrado que estas estructuras pueden soportar cargas considerables, incluso el paso de maquinaria pesada como excavadoras.  

Diseño planteado por la red Re-Wind

En otros proyectos europeos y estadounidenses se han construido prototipos de pasarelas y pequeños puentes utilizando este tipo de materiales, confirmando su viabilidad técnica como solución de economía circular. 

Economía circular aplicada a las infraestructuras 

Reutilizar palas de aerogenerador tiene varias ventajas desde el punto de vista ambiental y constructivo. Por un lado, evita que materiales compuestos de gran tamaño acaben en vertederos o incineradoras. Por otro, permite reaprovechar elementos de alta ingeniería que ya han sido diseñados para soportar grandes esfuerzos y condiciones climáticas extremas. 

Además, este tipo de soluciones puede reducir el consumo de materiales nuevos en determinadas infraestructuras ligeras, contribuyendo a un modelo de construcción más circular y eficiente. 

En algunos proyectos recientes, las palas también se están reutilizando para otros usos, desde mobiliario urbano hasta estructuras de infraestructuras energéticas o elementos de protección ambiental.

Prototipo de un modelo de merendero de Re-Wind.

Si quieres estar informado de toda la ACTUALIDAD del sector y de las acciones y programas llevados a cabo desde la Fundación Laboral de la Construcción, SUSCRÍBETE ya al Boletín Digital de la FLC; recíbelo periódicamente en tu E-MAIL, totalmente GRATIS. ¿A qué esperas?

Related Post

Estructura de hormigón armado y gradas del Nou Mestalla en fase de construcción.

El Nou Mestalla toma forma: la gran cubierta que reescribirá el skyline de Valencia 

Hay obras que solo se entienden cuando empiezan a cobrar altura. El Nou Mestalla ha sido durante demasiados años un proyecto que se explicaba en papel y en maqueta: 18 años de arranques, paralizaciones, refinanciaciones y replanteos que convirtieron el solar del nuevo estadio valencianista en el símbolo más incómodo del fútbol español. Desde enero de 2025, cuando se reiniciaron los trabajos con fecha de entrega comprometida para julio de 2027, algo ha cambiado. Y a la altura de este junio de 2026, lo que está pasando en la parcela del Nou Mestalla ya no necesita explicación en papel: se ve. 

Recreación del graderío del Nou Mestalla, diseñado para albergar a más de 70.000 espectadores y cumplir con los estándares de la UEFA para grandes finales internacionales. Foto: Fenwick Iribarren.

La razón es la cubierta. En las últimas semanas, el estadio, cuya construcción arrancó originalmente en 2007, ha vivido un salto visual cualitativo con la instalación de 30 pilares y 21 de los anillos de compresión que conforman la estructura de lo que será uno de los techos más complejos del panorama europeo. El Valencia CF y FCC Construcción, empresa adjudicataria de las obras, trabajan a contrarreloj para cumplir con el cronograma que exige tener la cubierta terminada en abril de 2027, apenas tres meses antes de la entrega definitiva del estadio. 

Una ingeniería de alta tecnología reducida al mínimo material 

La cubierta del Nou Mestalla es la pieza que da coherencia arquitectónica a todo el proyecto. Concebida por el estudio Fenwick Iribarren Architects, se basa en dos anillos estructurales. El exterior es un anillo de compresión; el interior, un anillo de cables en tracción. Ambos se conectan mediante un sistema radial de cables que el propio Salvador Alonso, director técnico del proyecto, describe como una cubierta de alta tecnología diseñada con un criterio de máxima eficiencia: 4.800 toneladas de acero para cubrir más de 41.000 metros cuadrados, con un diseño estructural que, según Alonso, ha permitido rebajar el peso inicial en 4.500 toneladas respecto a versiones anteriores. 

El Nou Mestalla contará con una cubierta de alta tecnología de 41.000 m² integrada en el skyline de Valencia. Foto: Fenwick Iribarren.

Los 50 pilares de acero S355, de 38 metros de altura y 30 toneladas de peso cada uno, son los elementos más visibles de ese sistema. Actúan como columnas exteriores que sustentan el anillo de compresión y que, al mismo tiempo, forman parte de la imagen de fachada del estadio: una columnata de acero que evoca la arquitectura de un tholos griego, según la propia descripción del proyecto presentado por el club en 2024, y que dota al nuevo recinto de una presencia reconocible en el skyline del norte de Valencia. 

Detalle de los pilares de acero S355. Además de su función estructural, estos elementos definen la estética exterior del estadio inspirada en la arquitectura clásica. Foto: Fenwick Iribarren.

Un estadio pensado para los próximos cincuenta años 

La cubierta no protegerá solo del sol y de la lluvia. Está diseñada para tamizar la luz mediterránea sobre la totalidad de los 70.044 asientos, mejorar la acústica de la grada, replicando en el nuevo estadio el efecto sonoro que ha hecho legendario al viejo Mestalla, e integrar una instalación fotovoltaica en su perímetro exterior. Esta última, desarrollada por Octopus Energy como socio fundador sostenible del proyecto, convertirá la cubierta en un generador de energía renovable y contribuirá a posicionar al Nou Mestalla como una de las infraestructuras deportivas más eficientes de España. 

Detalle de las áreas VIP, donde el diseño y la integración tecnológica buscan elevar la experiencia gastronómica y el valor urbano del estadio. (Foto: Fenwick Iribarren).

El proyecto cumple con todos los parámetros de la elite stadia list de la UEFA, lo que permitirá al estadio acoger grandes finales europeas, partidos de selecciones internacionales y, si los plazos se cumplen, partidos del Mundial 2030. Con una inversión total para terminar las obras estimada en 139,7 millones de euros, respaldada en parte por un bono de 240 millones colocado con el fondo Goldman Sachs, el Nou Mestalla es hoy uno de los proyectos de arquitectura deportiva más relevantes del continente.  

Si quieres estar informado de toda la ACTUALIDAD del sector y de las acciones y programas llevados a cabo desde la Fundación Laboral de la Construcción, SUSCRÍBETE ya al Boletín Digital de la FLC; recíbelo periódicamente en tu E-MAIL, totalmente GRATIS. ¿A qué esperas?

Related Post

Londres estrena el V&A East: el museo diseñado por Balenciaga que invita a «dejar huella» 

El 18 de abril abrió sus puertas en el este de Londres el V&A East Museum, el nuevo espacio del Victoria & Albert que completa el campus cultural que la institución ha levantado en el Queen Elizabeth Olympic Park de Stratford.

Más de diez años de trabajo cristalizan en un edificio de cinco plantas diseñado por el estudio irlandés O’Donnell + Tuomey, una construcción que desde el primer momento hace de la arquitectura una declaración de intenciones: aquí se viene participar, no solo a contemplar

El museo nace en uno de los barrios que más ha cambiado en Londres en las últimas dos décadas. Stratford, transformada por los Juegos Olímpicos de 2012, se consolida ahora como un nuevo polo cultural de la ciudad con la apertura del V&A East Museum. El museo se suma al V&A East Storehouse, inaugurado en mayo de 2025 y diseñado por el estudio Diller Scofidio + Renfro, y a otros equipamientos del proyecto East Bank como la sede de Sadler’s Wells East, el campus de UCL, la London College of Fashion y nuevas instalaciones de la BBC.

Vista panorámica de la zona peatonal de East Bank en Stratford. A la derecha, el London College of Fashion (Allies and Morrison) convive con el V&A East Museum (O’Donnell + Tuomey) al fondo, articulados por el paseo del río.

Balenciaga como punto de partida arquitectónico 

El concepto del edificio parte de un lugar inesperado: la obra del modisto Cristóbal Balenciaga. Los arquitectos, impresionados por una exposición sobre el diseñador celebrada en el propio V&A en 2017, encontraron en su modo de trabajo la clave para abordar el proyecto. Balenciaga aplicaba a sus prendas el concepto japonés de ‘Ma’: el espacio intermedio, creando una tensión activa entre la prenda y el cuerpo. O’Donnell + Tuomey trasladaron ese principio al edificio: la fachada, más que envolver el edificio, lo enmarca. El resultado es una piel de 479 paneles de hormigón prefabricado, cada uno de geometría única, cuya disposición facetada modula la luz a lo largo del día y forma patrones que evocan las letras V y A de la identidad visual de la institución. 

El edificio no se presenta como un objeto cerrado en el espacio urbano. Frente a él, una plaza pública se prolonga hasta el río, con elementos de mobiliario integrados en la propia base del edificio que difuminan el límite entre arquitectura y espacio colectivo. Las entradas en fachada, lateral y trasera permiten acceder desde múltiples puntos sin ningún elemento de control que marque una jerarquía entre visitantes. La decisión es coherente con la misión del museo: en el V&A East no hay recepción que intercepte al visitante, ni sala de espera, ni protocolo de entrada. Se entra como se entra a una plaza. 

Un museo que invita a hacer 

La exposición permanente Why We Make (“Por qué creamos”) ocupa dos plantas y reúne más de 500 piezas de los fondos del V&A que abarcan 5.000 años de arte, diseño y performance. Fue cocreada con grupos de jóvenes de los cuatro distritos olímpicos de Londres: Hackney, Newham, Tower Hamlets y Waltham Forest, y sitúa la creatividad como práctica compartida más que como resultado excepcional. La muestra inaugural, The Music Is Black: A British Story, explora la influencia de la música negra británica desde 1900 hasta el presente, en la que se define como la mayor exposición dedicada hasta ahora a este tema. 

La arquitectura refuerza ese discurso programático: el edificio incluye espacios de descanso y estancia sin obligación de consumir, zonas de proyecto comunitario, una terraza con vistas al parque y a la ciudad, y una circulación diseñada para deambular. El estudio de señalética Fieldwork Facility ha trabajado el wayfinding para que los recorridos sean intuitivos, pero no impuestos. 

Un hito para el barrio y para la arquitectura de museos 

El V&A East se inscribe en un debate más amplio sobre qué debe ser hoy un museo nacional: si un templo del saber o una infraestructura de barrio. La apuesta de O’Donnell + Tuomey, el mismo estudio que diseñó el premiado Student Centre de la London School of Economics en 2014, es clara: los museos del siglo XXI deben servir a las comunidades que los rodean sin renunciar por ello a la ambición cultural. La arquitectura, en este caso, no es solo el contenedor de esa idea: es su mejor argumento. 

Related Post