Smiljan Radić Clarke, “el arquitecto de la fragilidad”, recibe el Premio Pritzker 2026

Hay premios que llegan a quienes ya llevan décadas en los titulares. Y hay premios que encuentran a quien trabaja desde los márgenes, sin buscar el foco, construyendo proyecto a proyecto una obra que solo se entiende en su conjunto.

El Premio Pritzker 2026 pertenece a la segunda categoría. Su ganador, el arquitecto chileno Smiljan Radić Clarke, de 60 años, fue anunciado el pasado 12 de marzo como el 55.º laureado de la distinción más prestigiosa de la arquitectura mundial, convocada anualmente desde 1979 por la Fundación Hyatt y dotada con 100.000 dólares y una medalla de bronce.

Una arquitectura que prefiere la fragilidad a la certeza

La cita del jurado de 2026 resume con precisión la propuesta de Radić: su obra se sitúa en la encrucijada entre la incertidumbre, la experimentación con los materiales y la memoria cultural. Y, en ella, la fragilidad se antepone a cualquier pretensión injustificada de certeza.

Teatro Regional del Biobío en Concepción (Chile)

Teatro Regional del Biobío en Concepción (Chile) destaca por su membrana envolvente que juega con la luz y la levedad.

Sus edificios parecen temporales, inestables o deliberadamente inacabados, casi a punto de desaparecer, pero ofrecen un refugio estructurado que abraza la vulnerabilidad como condición intrínseca de la experiencia vivida. Es una declaración que podría sonar paradójica: ¿cómo puede un edificio ser, a la vez, frágil y un refugio? La respuesta está en su trayectoria de tres décadas desde los confines del mundo.

Nacido en Santiago en 1965, hijo de padre de origen croata y madre de ascendencia inglesa, Radić se tituló en la Pontificia Universidad Católica de Chile en 1989 y amplió su formación en historia y estética en el Instituto Universitario di Architettura di Venezia. En 1995 fundó en Santiago su estudio Smiljan Radić Clarke, desde el que ha desarrollado una carrera que el New York Times ya describía en 2014 “como la de una estrella del rock entre los arquitectos”, aunque más conocida en los círculos intelectuales y artísticos que entre el gran público. 

Treinta años de obra desde los confines del mundo

A lo largo de tres décadas, Radić ha construido una obra heterogénea en escala y programa: restaurantes, bodegas, centros de artes escénicas, museos, viviendas, instalaciones efímeras, pabellones. Lo que une proyectos aparentemente tan distintos no es un lenguaje formal reconocible a primera vista, sino una actitud hacia el lugar, los materiales y la experiencia del que habita o visita el espacio. Cada proyecto es abordado, según señala el propio jurado del Pritzker, como una investigación singular, que emerge de sus condiciones particulares en lugar de una fórmula distintiva. 

Entre sus obras más citadas figura el Pabellón de la Serpentine Gallery de Londres (2014), una cápsula semitranslúcida de fibra de vidrio apoyada sobre grandes bloques de piedra de cantera, que combinaba referencias a la ciencia ficción con una evocación de lo primordial. La pieza, un encargo de enorme visibilidad internacional, fue descrita por la crítica especializada como una obra capaz de pertenecer al mismo tiempo a un mundo de ciencia ficción y a un pasado primigenio.

Pabellón de la Serpentine Gallery de Londres (2014)

El pabellón de 2014 combinaba referencias de ciencia ficción con una evocación de lo primordial.

En Chile, obras como el Teatro Regional del Biobío en Concepción (2018), el restaurante Mestizo en Santiago (2006), la bodega Viña Vik en Millahue (2013) o la ampliación del Museo Chileno de Arte Precolombino (2013) han consolidado su posición como una de las voces más originales de la arquitectura latinoamericana contemporánea. 

Materiales sin jerarquía y su conexión con España

Una de las claves de la obra de Radić es su relación con los materiales. empleados de un modo que no es nostálgico ni meramente pragmático: hormigón, piedra, madera, vidrio, policarbonato o telas plásticas conviven en sus proyectos sin que ninguno ocupe un lugar jerárquicamente superior. Lo refinado y lo tosco, lo permanente y lo provisional coexisten sin distinción clara. El resultado son espacios inmediatamente reconocibles, pero conceptualmente evasivos. 

El presidente del jurado, Alejandro Aravena, describió a Radić como alguien que desarrolla su práctica en circunstancias implacables, desde los confines del mundo, con un estudio formado por apenas unos pocos colaboradores, y que es capaz de llevarnos al núcleo más íntimo del entorno construido y de la condición humana. El fallo del jurado señala algo más allá del reconocimiento individual: en un momento en que la arquitectura enfrenta límites planetarios y un creciente escepticismo ante la ambición monumental, el Pritzker parece reconocer un paradigma más silencioso, en el que la fragilidad, la humildad y la incertidumbre se convierten en herramientas creativas. 

Una conexión con España que se refuerza 

El reconocimiento llega en un momento en que la presencia de Radić en España es más activa que nunca. En junio participará en el Festival Internacional de Arquitectura y Diseño Concéntrico de Logroño, donde instalará una estructura efímera inspirada en los circos itinerantes que recorren las costas chilenas. Además, trabaja en un proyecto hotelero en la zona del Matarraña, en Aragón, y tiene en marcha otros encargos en Albania, Suiza y el Reino Unido. 

En 2017 fundó la Fundación de Arquitectura Frágil, una plataforma para apoyar la arquitectura experimental, cuyo nombre resume con exactitud su postura ante la disciplina. El propio Radić lo explica en palabras recogidas por el sitio oficial del Premio Pritzker: “La arquitectura se sitúa entre formas grandes, masivas y perdurables, estructuras que se yerguen bajo el sol durante siglos esperando nuestra visita, y construcciones más pequeñas y frágiles, fugaces como la vida de una mosca. En esta tensión de tiempos dispares, nos esforzamos por crear experiencias con una presencia emocional, animando a las personas a detenerse y reconsiderar un mundo que tan a menudo las pasa por alto con indiferencia”. 

Para el sector de la construcción, el galardón a Radić propone una reflexión que va más allá de la disciplina arquitectónica: ¿qué significa construir bien cuando los mejores edificios son aquellos que parecen no querer imponerse? 

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